Bienvenidos a este bazar cultural, a esta mezcla desfachatada e irreverente que no vacila a la hora de reunir opiniones, sueños, poemas, ideas y polenta con pajaritos. Entre otras misceláneas, en "La culpa no es del chancho" encontrará usted información básica sobre música, literatura, deportes y artes varios.

viernes, 30 de octubre de 2009

Loco yo, Loco vos (Julio Giglio)

Loco Yo, Loco Vos es una sucesión de sensaciones oníricas que tiene lugar en esa especie de surrealismo bonaerense del autor. Se trata de una colección de historias breves que deja ver la mágica prosa del gran Juls (Julio Giglio) página trás página.
A mí me gustó. Como avance, comparto algo de su arte literario con los lectores. Para emborracharse un poco más, y ante el menor insulto, elogio, enojo, halago, o improperio (según las mismísimas palabras del autor) no dude ni un segundo en escribir: vulne@hotmail.com.


LOCO YO
(de la esperanza en el amor y la revolución)
Es al menos paradojocoso que el mes de enero termine así, envolviéndome en esta lluvia finita pero insistente. Y no sé si es masoquismo o qué pero por momentos me llega a gustar este dejarme acariciar por la brisa veraniega y mojada; doce cuadras de puro regocijo. No hago ni tres, veo un hombre acostado en la lluvia y me da vergüenza andar pensando, y andar pensando que en el fondo la estoy pasando bien. Lo saludo con una timidez tan pelotuda que enseguida prefiero haber callado. Un perro mira desconfiado, se aleja. Los perros saben bien y olfatean cuando uno se queda sin intuición, que es casi lo mismo que decir sin nada. Pero una lucecita. Se apaga, se prende. Se vuelve a apagar, ¿esta vez para siempre? La leo, me pongo triste, se apaga; me llueve del cachete y me llora todo un cielo.

La Patria Grande de Simón Bolívar

Desde la antigüedad la música ha ocupado un papel importante en todas las sociedades. Platón, por ejemplo, la consideraba de suma importancia en el sector pedagógico, y la colocaba como la primera de todas las artes. A través de los siglos, ha sido catalogada como una expresión de las emociones y las ideas, relacionándola con los demás aspectos de las sociedades como la religión, la política, la diversión, el arte y el espectáculo.

Creo que lo más interesante de la música, y del arte en general, es su versatilidad. En el mundo de la música, hay obras para todo tipo de oídos y repertorio para toda clase de gente. O no, porque eso de dividir en clases a la gente, no termina de cerrarme por ningún lado. Pareciera ser que determinada música es para determinada gente. Lo que es difícil de evitar, creo, es la confrontación de los distintos artes, modos, costumbres, ideas y estilos que construyen a una cultura como tal; en este sentido, sí entiendo la discriminación (clasificación) de géneros. Sin embargo, creo en la música como un todo, como un único instrumento, un solo canal que se desprende de las culturas y que termina siendo uno de los vehículos más puros de transmisión de pensamientos, de tierra y de sangre en todas las sociedades.

Una sola Nación, una sola Música

Desde que entiendo a la música como un puente conductor hacia culturas infinitas, su mecanismo me ha llevado a interesarme por el folklore (véase este término como el “saber de los pueblos”). Porque en las raíces de las músicas del mundo se vislumbra la identidad de las sociedades que lo conforman. Y conocer nuestra identidad es conocernos a nosotros mismos y a nuestra historia.

Es aquí, en los orígenes, donde se conectan las esencias. Es aquí, donde comprendemos que entre los pueblos latinoamericanos no somos tan distintos.

Augusto César Sandino, reivindicando las ideas de Simón Bolívar, decía ya que los gobiernos y las fronteras que éstos trazaron, correspondieron siempre a intereses económicos personales o de un grupo particular de individuos a favor del imperialismo, pero que la identidad de los pueblos, irrenunciable, era una sola. Porque la Nación Latinoamericana era una sola. O en eso debía convertirse para no sucumbir ante un modelo económico que no nos tendría en cuenta jamás.

Entiendo a la cultura como el conjunto de todas las formas y expresiones de una sociedad determinada, y sostengo, como Bolívar, que Latinoamérica toda conforma una sola Nación. Por lo tanto, a grandes rasgos, la cultura (la identidad) americana es una sola. Y si la música es un instrumento a través del cual la misma puede ser expresada, encontramos en ella una de las llaves para poder abarcarla.

Viajando por Argentina

¿Cómo sería el Litoral sin chamamé? ¿De qué se disfrazarían Santiago del Estero y Tucumán sin la poliritmia incipiente de las chacareras? ¿Sería Salta tan linda sin la rica tradición de compositores e intérpretes que llevaron sus zambas a todo el mundo? No puedo ni imaginármelo. Sin embargo, no es aconsejable conformarse con esa identidad musical tan marcada. Es lo que entienden músicos como Fandermole, Falú o Herrero (por tomar algunos ejemplos entre tantos embajadores de nuestro folklore) que, al escuchar su arte, te regalan la sensación de estar viajando. Al traspasar fronteras aparece la versatilidad musical. Versatilidad que al chocar de lleno con otras músicas se retroalimenta y crece. Y es verdad que la cueca en Argentina es sinónimo de Cuyo, pero ¿no es tan mía como de los mendocinos? Depende de mí. De nosotros. De no caer en una evaluación mediocre entendiendo a la música como un generador más de las tantas dualidades que a lo largo de la historia ha dividido a los pueblos. Por eso, darle oportunidad y asimilar las letras y los ritmos lentos y espaciosos de las coplas o las vidalas norteñas, significa entender la idiosincrasia de los pueblos que las ejecutan. Significa acercar sus costumbres, su poesía y su tradición a este lado del Riachuelo. No esta mal.

Cóctel de ritmos

Esta idea de traspasar los regionalismos, se aplica a gran escala al folklore latinoamericano. El merengue dominicano; la plena en Puerto Rico; el vallenato y la cumbia de la costa pacífica colombiana; el tango o el candombe en el Río de la Plata; zamacuecas y festejos del Perú; sayas, huaynos y tonadas en el altiplano boliviano; montunos, charangas, danzones y cha cha chas en Cuba, corridos y boleros en México, Joropos en Venezuela. La lista, evidentemente, es interminable. Y muy rica por cierto.

A menudo nos perdemos estos mundos tan vastos y que tienen mucho para mostrarnos. Entre tanta cultura descartable, desinformación y consumismo inducido, no nos queda tiempo.

Por eso intento, desde este humilde espacio, compartir mis ideas y mí música (la música de los pueblos latinoamericanos) con todos los lectores.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Que se sepa...

He aquí un pequeño aporte a la cultura. Un antimedio virtual al que, quizás, no le dé el cuero para instalarse entre los gigantes de la divulgación cultural, pero que pretenderá, eso sí, regalarle a Ud. un pequeño espacio de distención. Como para ir ganándole, aunque sea de a poco, algunos territorios a los grandes conglomerados de desinformación.
Entienda, querido lector, que sus amigos no tienen la culpa de saberse los nombres de las neo golfas que suplican fama, aunque sea efímera, en el mundillo televisivo de Marcelo. Tampoco son culpables de estar tan pendientes de la Guerra Santa que domingo a domingo nos regala el balompié. Discúlpelos. Son conceptos que han perforado sus mentes, desplazando la información esencial.
Se olvidaron del arte; de cómo juegan los niños; del verdadero amor, que sólo aparece unas pocas veces en la vida. Se olvidaron, tal vez, del compromiso con los otros; del frío y la violencia que toleran los que no tienen. Se enojaron con los pobres, en vez de indignarse con la pobreza. No recuerdan las verdaderas discusiones; no anhelan una distribución equitativa y justa de las riquezas; no es noticia para ellos el derrumbe de un país a instancias de los negocios que puedan emprender los monopolios.
Se olvidaron, sobre todo, del derecho irrenunciable de la gente a ser feliz. Y les preocupa. O les molesta. Entonces, inevitablemente, se quejan. Pero la culpa no es del chancho, si no de quien le da de comer.