Bienvenidos a este bazar cultural, a esta mezcla desfachatada e irreverente que no vacila a la hora de reunir opiniones, sueños, poemas, ideas y polenta con pajaritos. Entre otras misceláneas, en "La culpa no es del chancho" encontrará usted información básica sobre música, literatura, deportes y artes varios.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Rody Soria: El color del fútbol

El fútbol, como fenómeno masivo, identifica.
Por encima del negocio del balompié, que sólo usufructúa una pequeña minoría empresaria, miles de personas se sienten representadas por colores aleatorios y hacen de esa representación un estilo de vida. Están lejos del circo mediático, de los negociados y de los contratos televisivos. Pero son miles y sin ellos la parte infame y decadente del fútbol no podría sostenerse. Son los hinchas. Los que saben qué es el amor. Los que se han topado más de una vez con el significado lascivo de la palabra sufrimiento. Los que se han mojado varias veces, pero nunca (o en contadas ocasiones) dejaron que la pasión por sus colores se destiña. Al contrario, suelen esgrimirlos, venerarlos, apasionarse incondicionalmente con ellos, recorrer cientos de kilómetros para alentarlos. A veces, cuando sus rutinas sociales son demasiado vacías, esa línea que separa el fanatismo de la locura se vuelve tan borrosa que algunos llegan incluso a matar. No tienen la culpa. O la tienen, en tanto víctimas de un sistema de exclusión social que margina y deseduca cada vez más a los que tienen poco o no tienen nada.

Rody Soria, moviéndose entre los límites oscuros del terreno del fútbol (es decir, entre el sistema dirigencial y el barrabravismo), ha sabido cómo alumbrar artísticamente la llama del fanatismo y el colorido, poniéndole su impronta cotillonesca a muchísimos estadios del fútbol argentino. Con su perfil bajo, sus aerosoles y aerógrafos, Soria es el responsable de los telones (banderas gigantes) que al menos 22 equipos nacionales han esgrimido alguna vez como recibimiento a sus jugadores.
Según las fotos que he visto en su Cara de Libro, Vélez Sarsfield, Huracán, San Lorenzo, Boca Juniors, Tigre, Olimpo de Bahía Blanca, All Boys, Lanús, Morón, Independiente, Excursionistas, Colón de Santa Fé, Godoy Cruz de Mendoza, Estudiantes de la Plata, Belgrano de Córdoba, San Martín de Tucumán, Gimnasia y Esgrima de Jujuy, Rosario Central, Los Andes, Racing, Argentinos Juniors, Nueva Chicago y hasta Ford (que en Argentina es como si fuera otro club de fútbol) lo han convocado para realizar banderas gigantes. Miles de manos alguna vez arrastraron la obra artística de Rodolfo Soria para regocijo del cuadro local y para envidia del público visitante.

Yo, desde mi humilde lugar de hincha, aplaudo la vuelta de tuerca que Soria encontró para hermanar dos pasiones casi antagónicas como lo son el arte y el fútbol. Y dejo también un par de fotos de su trabajo.

Tirante horizontal del Club Atlético Vélez Sarsfield

Telón del Club Atlético Lanús

Telón de Ford

Telón del Club Olimpo de Bahía Blanca

Telón del Club Atlético Excursionistas

viernes, 5 de febrero de 2010

Relato deportivo sobre el capricho del amor


Piensa la jugada. Amaga. Mira a los costados. Vuelve a amagar. Intenta no sentir la presión del público. Lo marcan desde atrás y desde la izquierda. Pasan dos segundos que parecen eternos. Hace un último amague antes de sacar el derechazo… Se detiene. No encuentra el pase. Hay murmullos sórdidos. Gira la cabeza. No sabe si va a lograrlo. Vuelve a meditar una opción de juego. Las voces y las bocinas lo distraen. Se concentra. Ahora sí. Levanta la mirada, como pidiendo al cielo que salga bien. Infla el pecho. Toma envión y patea.

- Eh…, disculpá. Te parece muy tarde para invitarte a tomar una birra?

Ante la propuesta sorpresiva del muchacho a bordo del colectivo, la chica del asiento de adelante sonríe.

- No puedo, estoy yendo a encontrarme con unos amigos. Será en otra vuelta- lo consoló desde el pasillo mientras tomaba el bolso y se disponía a tocar el timbre para bajar.

¡Pegó en el paaaaalo! Tremendo zapatazo de Marcelino Britapaj. Cuando faltaban sólo dos minutos para terminar el partido, el encuentro termina empatado en cero. ¡Qué jugador, señores! ¡Cuánta hombría! Aplaude el público local el esfuerzo del nueve.

jueves, 4 de febrero de 2010

Una de cowboys…

Hace poco vi Avatar. Mi subjetivísima opinión coloca al film como un ejemplo más entre tantos otros. Un guión conocido: El planeta tierra que ya está bastante alterado ambientalmente; un nuevo orbe virgen, repleto de recursos naturales; la ambición (científica por un lado y económica por el otro) de varios individuos que desean instalarse en el nuevo territorio; un antihéroe que al mejor estilo Danza con Lobos se pasa de bando y termina luchando con los aborígenes locales y que, obvio, se queda con la minita y al final, gracias a él, triunfa el Bien. Y acá me detengo.

Gracias a él. Porque los Na’Vi no necesitan de la tecnología ni de la organización social y económica de los invasores para ser felices. O al menos, esa es la moraleja superficial del film, la moralina berreta que proponen ciertas producciones hollywoodenses. Pero lo cierto es que, para Cameron y para los inversores cinematográficos el equilibrado mundo de los humanoides azules necesita de un marine arrepentido para sobrevivir al desastre que provocarán los hombres. Un militar estadounidense que logra convertirse en el líder táctico del clan aborigen y que los conduce a la victoria.

Este discurso (quizás con otros personajes, escenografías, tramas y vueltas de tuerca) viene planteándose prácticamente desde que se inventó el cine. Y tiene como objetivo convertirse en verosímil. Es necesario (más aún si la mega producción está destinada a un público joven, fácil, sediento de Best Sellers) que se entienda que son los Yankees los únicos capaces de cambiar las cosas y restaurar el Bien. Incluso cuando la trama de Avatar nos indique que los personajes principales están indignados por el obrar imperialista.

¿El punto a favor? La producción fotográfica del film. Una constante gama de colores ayahuasqueros, bien acorde al tópico selvático (ideal para verla bajo los efectos de algún firulo, en lo posible en pantalla 3D). También me gustó el concepto de pensar a los Na’Vi bien armónicos en relación a la naturaleza. La forma de conexión con otros seres y el respeto a la tierra y a todo lo que en ella crece. Bien.