Bienvenidos a este bazar cultural, a esta mezcla desfachatada e irreverente que no vacila a la hora de reunir opiniones, sueños, poemas, ideas y polenta con pajaritos. Entre otras misceláneas, en "La culpa no es del chancho" encontrará usted información básica sobre música, literatura, deportes y artes varios.

viernes, 30 de julio de 2010

Virtudes gastronómicas del Paraguay

Siempre admiré la sapiencia histórica de los obreros paraguayos para improvisar asados de falda en el cordón de la vereda, la tenacidad guaraní dentro de los campos de fútbol y la belleza inigualable de las muchachas del Chaco Boreal.
Sin embargo, si algo ha elevado hasta lo más alto mi sentimiento de amor por el Paraguay, esto ha sido, sin dudas, la capacidad brillante y vanguardista de este pueblo para inventar la única sopa sólida de todo el universo. Y no es poco.

La sopa paraguaya, poco tiene que ver con los famosos caldos de cocción, fríos o calientes, que se sirven en las distintas mesas del mundo. Se trata más bien de una torta esponjosa y salada, rica en calorías y proteínas, compuesta a base de harina de maíz. Ahí va la receta…


INGREDIENTES: 3 cebollas bien grandes, 1 cucharada de sal gruesa, grasa de cerdo, cinco huevos, queso duro rallado grueso (150 g.), queso semiduro rallado grueso (250 g.), queso cremoso (300 g.), harina de maíz (300 g.), 1 taza de leche cuajada o natural, nata de leche.

PREPARACIÓN: Se corta finamente la cebolla y se la hierve con agua y sal durante 10 minutos, en un recipiente tapado. Se deja enfriar. Luego se bate la grasa (si no hay grasa puede ser un poco de aceite) y se agregan los huevos, de a uno, continuándose el batido. Luego se añade el queso desmenuzado.
A esa pasta se le incorpora la cebolla con el agua en la cual hirvió y poco a poco, muy lentamente, la harina de maíz, alternando con la leche y la nata. Se mezcla todo con suavidad y se coloca la pasta obtenida en una asadera engrasada para luego cocinar a horno caliente (a 200 ° C) durante una hora aproximadamente.

Nota: Es más difícil de bajar que un alfajorcito de maicena, así que procuren tener a mano alguna bebida. La receta fue extraída de wikipedia y modificada en parte por la mamá de un amigo, así que cualquier objeción a llorarle a ella.

lunes, 12 de julio de 2010

Siempre puede ser peor...

Caos. Los redactores de los suplementos deportivos de todos los diarios del mundo están -¿cómo no estarlo?- estupefactos. Varios han pedido la renuncia y otros tantos hacen rebotar su cabeza contra los sendos escritorios de la redacción.
¿Cómo ha sucedido tamaño acontecimiento? ¿Cómo no impidió la FIFA (mientras tuvo la oportunidad de hacerlo) que el evento se haya desarrollado de aquella manera? Porque convengamos que la entidad madre tiene el poder de acomodar figuritas según lo dispongan las grandes corporaciones que lucran con el certamen o según lo justifique el eventual contexto histórico mundial.
Yo comprendo que algunas cosas sean impredecibles. Reconozco que el fútbol –el deporte más lindo del mundo- viene desafiando todas las lógicas de lo posible desde su invención en formato moderno allá por el siglo XIX. Pero lo sucedido el 11 de julio escapó realmente a todo intento surrealista por imaginar lo impensable.
Y dejemos de lado las trágicas consecuencias que trajo aparejadas el suceso, como la desafiliación indeclinable de las asociaciones futbolísticas más importantes o el suicidio en masa de veintitrés uruguayos que (de verdad) no lo podían creer. Concentrémonos en lo esencial. ¿No estamos transitando irremediablemente los sinuosos pasos hacia la desaparición de este deporte? ¿No deberíamos organizarnos para que ciertas cosas no vuelvan a suceder nunca jamás en la historia deportiva mundial?

La definición por penales entre Honduras y Argelia (tres a dos a favor de los centroamericanos, después de noventa minutos chatísimos y un eterno alargue) fue, sin dudas, la peor final en la historia futbolística de todos los tiempos. Tragedias como ésta (para no seguir haciendo leña del árbol caído con el genocidio armenio, con las dictaduras asesinas en Latinoamérica o con los ya tan difundidos campos de concentración de la segunda guerra mundial) deben quedar grabadas en la memoria colectiva de todos los habitantes del planeta para que no vuelvan a repetirse.

jueves, 1 de julio de 2010

Ingenieros VS. el hombre mediocre

En 1877 en algún lugar de Palermo, Italia, y después de tanto pujar y pujar, Mariana Tagliavía expulsó de su cuerpo entre chorros de sangre y pedazos de placenta a Giuseppe Ingegnieri, más conocido en el mundo entero como José Ingenieros.

Como muchos hombres decisivos a la hora de engrandecer la historia de la humanidad, Ingenieros también usaba bigotes. Y si bien no es un detalle determinante, lo traigo a cuenta porque más de un lector debe estar pensando en esos mostachos curvos y puntiagudos que tanto lo han caracterizado.

José Ingenieros fue médico, psiquiatra, psicólogo, farmacéutico, docente, escritor, filósofo y ensayista crítico. Capaz que hasta jugaba bien al fútbol, hacía tremendos asados y no desafinaba ni medio tono al cantar bajo la ducha. Pero nunca lo sabremos porque en general los biógrafos tienen una visión bastante limitada a la hora de plasmar información nutritiva sobre los personajes que investigan.

Lo cierto es que el tipo de bigotes era un fenómeno y escribió un millón de libros, ensayos y artículos. Yo sólo tengo uno, “El hombre mediocre”, que conseguí de carambola, por no decir que me lo robé. Y si bien no afronté aún la decisión de devorarlo completamente como -creo- lo merece, sí espié varios párrafos al azar como para sacarme la curiosidad. Utilizando este método descubrí ciertas ideas con las cuales estoy completamente de acuerdo, incluso antes de haberlas leído en la obra de Ingenieros. A continuación transcribo algunas frases de su prosa crítica, que hacen referencia a las características de aquellos individuos que -conscientes o no- se sumergen en una rutina dogmática que termina convirtiéndolos en mediocres.

“El hombre mediocre no habla nunca; repite siempre. Juzga a los hombres como los oye juzgar. Reverenciará a su más cruel adversario si éste se encumbra; desdeñará de su mejor amigo si nadie lo elogia. Su criterio carece de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son oficiales”.

“El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente adaptado a vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad. Su característica es pensar con cabeza ajena y ser incapaz de formarse ideales propios.”